Thursday, June 09, 2005

RADIOGRAFÍA DE UN EMPRESARIO DOMINICANO


Marino Zapete Corniel

Con escasas excepciones, los empresarios dominicanos son malhechores y farsantes. Presumen de honorables, no cumplen con sus deberes y reclaman privilegios sin límites.

Por lo general, contratan a un equipo de contadores públicos mediocres, delincuentes, ambiciosos y sin la más mínima idea de lo que es la ética profesional, para que les organicen un sistema contable fraudulento.

Es así como la mayoría de las empresas disponen de tres estados financieros diferentes, debidamente auditados, uno para los accionistas, uno para las fuentes de financiamiento y otro para la Dirección de Impuestos Internos.

Los estados financieros de los accionistas normalmente reflejan la situación real de la empresa, no así los que se usan para acudir a los bancos y demás entidades de financiamiento, porque su finalidad es vender una solidez con la cual no se cuenta.

No es casual que en estos momentos, entre empresarios y banqueros, hayan iniciado una campaña contra el nuevo reglamento de evaluación de activos que trata de aplicar la Superintendencia de Bancos, pues el mismo exige mayor transparencia en la contabilidad de las empresas.

Normalmente, el empresario dominicano presenta al fisco unos estados financieros que no se corresponden en absoluto con la realidad de las empresas, con la finalidad de timar al Estado. Eso explica que en este país un porcentaje elevado de las compañías declaran haber perdido o no haber tenido beneficios durante décadas, sin que nadie se pregunte cómo se mantienen operando.

En este país, lo normal es que los empresarios lleven una vida dispendiosa, rodeada de lujos, con gastos que superan a los de los grandes multimillonarios de los países más ricos del mundo, y luego, sus contadores les hacen figurar su derroche como parte de los gastos de las empresas. De esa manera, reportan sumas ínfimas como beneficios o declaran pérdidas.

Aquí se ve normal que las empresas paguen “por la izquierda” hasta el 80 por ciento de los sueldos de sus principales ejecutivos, con la intención de evadir el pago de impuestos. Es común encontrarse con ejecutivos que aparecen en las nóminas de sus empresas con sueldos pírricos, y son propietarios de vehículos de lujo, mansiones, yates y villas millonarias en los principales centros turísticos del país. A esos pagos clandestinos ya se les ha dado el simpático nombre de “submarinos”.

En esta misma semana, el director de Impuestos Internos declaró a la prensa que en el país existen casi 15 mil empresas cuyos empleados mejores pagados reciben un salario que no supera los RD$ 22,000, “y sin embargo, poseen vehículos lujosos, villas en La Romana, o son socios del exclusivo Country Club”.

Pero el típico empresario dominicano no se conforma con evadir impuestos. Aquí, la mayoría de las industrias no observan ningún control de calidad y no se respeta ninguna reglamentación ni principio ético.

No creo que exista un solo dominicano que crea que la composición de un producto elaborado en este país se corresponda con lo que dice en la etiqueta. Mucho menos se puede confiar en que los envases contienen la cantidad que aseguran dichas etiquetas.

Una buena parte de los empresarios dominicanos prefieren sobornar a los servidores de la administración pública para burlar los controles de calidad y el pago de ciertas contribuciones, con lo cual estimulan la violación de las normas y los procedimientos, fomentando la corrupción y la falta de institucionalidad.

¿Quién puede asegurar que los animales que se sacrifican diariamente en los mataderos dominicanos para comercializarlos o para procesarlos, llenan los requisitos sanitarios que exigen las leyes?. La Realidad es que el dominicano no sabemos lo que come, gracias a los empresarios que tenemos.

Durante décadas, los empresarios dominicanos han presionado a los gobiernos para que no permitan la competencia en el mercado interno, sometiendo a los consumidores a pagar precios exorbitantes por productos de escasa calidad, bajo la prédica de que el Estado debe proteger a la industria nacional.

Aquí abundan las empresas de servicios que engañan descaradamente a sus clientes. Por ejemplo, hay compañías de televisión por cable que le venden un paquete de canales a un usuario, y a los pocos días eliminan una parte de los canales ofertados y obligan a dicho cliente a comprar el mismo servicio nuevamente.

Las compañías telefónicas venden a sus usuarios unos paquetes cargados de falsas promesas y un servicio de tiempo medido donde ellos son los jueces y las partes. Para colmo, son los que pagan los sueldos de los funcionarios que deberían regular sus operaciones.

Ni hablar de las clínicas que cargan a las cuentas de los pacientes una serie de productos y servicios que no utilizaron, o de los supermercados y restaurantes que mezclan productos comestibles de pésima calidad y los venden como si fueran de primera.

En fin, el empresario dominicano, en sentido general, es una especie de tragamoneda, sin escrúpulo, que no tiene el más mínimo criterio de lo que es una sociedad, y que siempre cree que el día hoy es su última oportunidad para acumular la fortuna que necesita para su futuro y el de toda su descendencia.

zapecorniel@gmail.com

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